La reforma laboral del Gobierno de Rajoy va a servir principalmente para que las empresas españolas remplacen a los trabajadores con sueldos decentes por trabajadores submileuristas, lo cual en principio está muy bien si aplicamos la lógica microeconómica. Es decir, si yo tengo una empresa y mañana puedo ahorrar en costes laborales no dudaré un segundo en hacerlo. A corto plazo podré incrementar beneficios. Pero si todas las empresas pagan cada vez menos a sus empleados finalmente lo que sucede es que la demanda efectiva de un país se debilita hasta el punto de perjudicar a todo el sistema.
Cuando a los que ganan 800 se les pasa a pagar 600 lo que se produce es una contracción brutal de la economía. Es lo que está pasando en Grecia. Por eso este país está sumido en el peor de los capitaclismos y por eso España no tardará en estar en una situación muy parecida. En España, ya antes de la crisis las rentas salariales estaban estancadas en relación al crecimiento de la riqueza que se había producido durante los años de bonanza económica y el consecuente incremento de precios al consumo. El hecho de que a partir de ahora vayan a menguar aún más los sueldos augura un futuro dramático que posiblemente se saldará con revueltas callejeras y un incremento considerable de la represión policial.
No hay nada que hacer. El horizonte es tenebroso. Es imposible ser optimista. Solo queda seguir avanzando hacia el precipicio. No solo España, Grecia, Italia o Portugal, sino también Estados Unidos o Alemania se encaminan hacia una degradación terrible de las condiciones laborales. En Alemania ya hay un 20% de trabajadores ganando menos de 500 euros. Y en Estados Unidos apenas se crean “Mcjobs”, o sea trabajos basura. Así está el patio. La gente tendrá que trabajar cada vez más por sueldos de mera supervivencia. Esta tercermundialización del mercado laboral es el resultado de un largo proceso de globalización llevado a cabo bajo principios de libre comercio y no bajo principios de comercio justo.
Nadie ha querido mover un solo dedo para impedir que a nuestros mercados entren libremente productos fabricados por obreros que apenas ganan alrededor de 50 euros al mes. A nadie le ha importado nunca un comino que nuestras maravillosas compras low-cost se sostengan sobre la explotación de miles de chinos, camboyanos, salvadoreños, hondureños o marroquíes. Y así nos va y así seguimos, comprando alegremente ropa y ordenadores producidos por esclavos, pues no pueden ser llamados de otro modo aquellos seres humanos que se ven obligados a aceptar condiciones laborales miserables bajo el chantaje del paro y el hambre. Ahora la solución es la devaluación competitiva. ¿Para competir con quién? ¿Con los chinos? ¿Con los camboyanos? ¿Con los salvadoreños? ¿Con los hondureños? ¿Con los marroquíes? ¿Así que ésa es la solución, eh? ¿Competir a ver quién es el esclavo más eficiente? ¿A ver quién fabrica más barato? ¿A ver cuál es el infierno laboral más infame?
No solo vamos a seguir comprobando cómo cada día vale menos el factor trabajo. Además vamos a presenciar cómo caen cada día más y más pequeñas empresas familiares y cómo se descompone el Estado del Bienestar, que al fin y al cabo es el salario indirecto de las clases populares, y por supuesto vamos a ver cómo las grandes multinacionales y los grandes fondos de inversión alcanzan cifras récords de beneficios con el consiguiente incremento de las desigualdades sociales. También vamos a seguir escuchando en las tertulias de la televisión a los economistas proclamar con gran seguridad académica que lo importante es crear “clima de confianza empresarial”. El clima que permite al capital instalarse en países donde los ciudadanos están dispuestos a partirse el lomo a cambio de cacahuetes. Y vamos a seguir también escuchando a los economistas decir que la libertad económica es el motor del progreso. La libertad para llenar los mercados de productos fabricados por trabajadores sin derechos, la libertad para especular en los casinos financieros, la libertad para comprar favores políticos, la libertad para evadir impuestos, la libertad para degradar el medio ambiente, la libertad para explotar al obrero.
Vienen tiempos aún peores. El capitalismo ha entrado en una etapa absolutamente enloquecida de la que solo se van a beneficiar las grandes multinacionales del sector productivo y los grandes fondos de inversión del sector financiero.
En una carta enviada al diario El Mundo, un ciudadano llamado Juan María Moreno decía en enero, antes de la reforma laboral: “Tengo que mantener tres trabajos y completar una semana laboral de 90 horas para llegar a fin de mes. Si yo tuviera un empleo bien remunerado habría dos personas más con trabajo. Y también habría más puestos si algunas personas no aceptaran un régimen de semiesclavitud, trabajando 60 o 70 horas a la semana para ganar un salario que les permita mantener a sus familias. Pero se supone que tengo que sentirme afortunado porque no estoy en el paro”. El buen juicio de este señor contrasta con la insensatez y la desvergüenza de la tecnocracia económica que gobierna el mundo y que está abducida por el fundamentalismo de la competitividad, ideología tóxica y ridícula que no solo nos lleva a vendarnos los ojos ante la explotación humana sino también a olvidar que muchos países cuyas exportaciones nunca han pasado del 20% del PIB han podido prosperar perfectamente gracias a la fortaleza del consumo interno.
La economía clásica tiene en su base fundacional un grave problema y es dar por hecho que el paro sube cuando no se pueden bajar los salarios. Por eso los economistas liberales están en contra del salario mínimo. Creen que si los ciudadanos ofrecen su trabajo a un precio más bajo desaparecerá el desempleo. Keynes demostró que esta idea es aberrante porque genera un bucle de contracción progresiva de la economía. Por eso la devaluación competitiva solo conseguirá que la Gran Crisis haga todavía más estragos. Los empresarios, a su vez, se aferran a la lógica microeconómica y pretenden que los gobiernos sigan haciendo reformas para que los trabajadores continúen perdiendo no solo poder adquisitivo sino también derechos sindicales. El presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE), Juan Rosell, ya ha manifestado abiertamente que el próximo objetivo de Mariano Rajoy debería de incluir un recorte del derecho de huelga.
Durante la Gran Depresión, el economista polaco Michael Kalecki observó que las grandes empresas se oponían sistemáticamente al incremento del gasto público, incluso aunque ese gasto público fuera empleado en inversiones eficientes. “¿Por qué no aceptan gustosos el auge artificial que el Gobierno puede ofrecerles?, se preguntó Kalecki. “Porque bajo un régimen de pleno empleo permanente, el despido dejaría de desempeñar su papel como medida disciplinaria. La posición social del jefe se minaría, y la seguridad en sí misma y la conciencia de clase de la clase trabajadora aumentarían. Es cierto que las ganancias serían mayores bajo un régimen de pleno empleo que su promedio bajo el laissez-faire, e incluso el aumento de salarios resultante del mayor poder de negociación de los trabajadores tenderá menos a reducir las ganancias que a aumentar los precios, de modo que sólo perjudicará los intereses de los rentistas. Pero los dirigentes empresariales aprecian más la disciplina en las fábricas que los beneficios”.
Bajar salarios no va a servir para solucionar el problema del desempleo. Al revés, va a servir para empeorarlo. Pero los empresarios siguen queriendo mantener su posición de poder sobre los trabajadores y van a aprovechar esta crisis para seguir empobreciendo a la clase obrera. La rebaja de sueldos no hará más que reducir el consumo y eso también significará menos impuestos para el Estado, que entonces tendrá que afrontar nuevos recortes que a su vez contraerán más la economía. Lo más paradójico de esta absurda y destructiva bola de nieve es que terminará perjudicando a muchos de los propios empresarios miembros de la CEOE pues la falta de demanda efectiva y la contracción general de la economía provocará la fatal explosión de cientos de quiebras y concursos de acreedores. Después de todo, el capitalismo salvaje tiende a ser víctima de sus propias contradicciones y el caso de Grecia es muy significativo en este aspecto. Desde que se han aplicado recortes y bajadas salariales, la contracción de su economía ha sido espectacularmente dramática. Sin embargo, como ocurre en España, las organizaciones empresariales han sido las que más presión han ejercido sobre el Gobierno para llevar a cabo reformas encaminadas a la bajada de salarios.
No necesitamos más libre comercio sino políticas arancelarias sobre todos aquellos productos fabricados en países donde no existen los derechos laborales. No necesitamos más liberalizaciones económicas sino más proteccionismo para erradicar la explotación laboral, para proteger el trabajo y el medio ambiente, para mejorar los salarios, para acabar con los paraísos fiscales, para poner en orden a los casinos financieros, y para salir de esta infernal espiral de devaluación competitiva que pretende convertirnos en esclavos. Pero los ministros de economía se han convertido en los chicos de los recados. Ya solo saben hacer los deberes. Puede que el necesario cambio político que seguramente se producirá en las próximas elecciones presidenciales de Francia y Alemania signifique un punto de inflexión en tan lamentable camino hacia el desastre. Solo una vez superada la era Sarkozy-Merkel podremos al menos en Europa abrigar alguna esperanza de que finalmente reine el sentido común aunque mucho me temo que la tecnocracia se ha asentado en el poder independientemente de quién gobierne y va a seguir imponiéndonos sus insensatas condiciones.
capitaclismo.com















